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Fotogenia
La fotogenia, pensaba, era la capacidad de entregar el alma a la cámara criminal sin resistirse, como el cobarde que no atina a correr ni a atacar en un asalto. Los fotogénicos eran tibios, como los últimos tragos de una sopa, esos que no están fríos pero claramente ya no saben como deberían.
La fotogenia era el placer de pobres infelices. Minusválidos todos, orgullosos de sus hermosas caras incapaces de arruinar una foto con verdadera expresión si tal medio congelado lo permite.
El era feo, por suerte. Los feos, si bien claramente menos aventajados en la competencia darwinista, tienen la hermosa dicha de ser inmunes completamente a cualquier ataque de fotogenia, sea este casual e inesperado o cruelmente provocado por algún traidor que nos pide con suplicas que no le escupamos el asado en aquel día tan feliz, que nos pide que seamos un poquito mentirosos por la fracción de segundo que dura la toma. No hay lamentos que valgan, aquella nariz de considerable tamaño, los dientes chuecos, la piel grasosa, porosa y protuberante, eran bendiciones divinas para aquel que disfrutaba de pelear por su alma en cada fotografía.
Por todo esto, se llamaba a sí mismo corresponsal de guerra. Disfrutaba de sacar las tomas mas crueles y violentas, las muecas más insólitas en aquellos geniales momentos en donde el resto de los mortales se rendían ante el poder. Era un ferviente admirador de la revolución fotográfica.
No era un camino fácil, luchar y documentar al mismo tiempo: llenaron su infancia de violencia los resentidos fotogénicos brutos. Ya más crecido pensó que todo había pasado, para odiar al retorcido que había inventado las dos palabras que nunca le permitirían conseguir un trabajo decente: “buena presencia“. Casado y divorciado. La adorada esposa, que además lo cuerneaba con un fotogénico, no pudo soportar un álbum de fotos tan triste y estúpido. Si, ese álbum todavía lo guarda el, como un trofeo de guerra, la cicatriz que a todos les gusta exhibir.
Y en su fealdad es feliz y orgulloso. De tanto en tanto se apena por aquellos que regalaron su alma gratuitamente, pero en general se regocija en el poder de la cámara que controla. Se sonríe con sus víctimas, con la paz de aquel que tiene la victoria comprada en silencio.
Inspirado en “La desgracia venía en sobres papel madera” de Hernán Casciari
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