| « Magnetismo | Cold ground was my bed last night » |
Pedido
Estoy en busca de algo en que pensar.
Es una necesidad reinante que surge de la sensación de no estar pensando en nada. Es curioso, sin embargo, ya que se supone es este uno de los momentos en donde hay más que pensar.
O tal vez es que el problema está en la fórmula.
Estoy en busca de algo en lo que quiera pensar.
Es, ahora sí, una necesidad reinante que surge de la sensación de no estar pensando en nada agradable. Y ya entonces la curiosidad del asunto se desvanece: hay mucho en que pensar, muchísimo, como era de suponer, pero nada de ello es algo que desearía pensar gustoso, solo, una tarde de primavera o una mañana de invierno.
Tenía la mala costumbre de ver en el techo cosas que nunca existirían. Era común encontrarse rápidamente perdido en el torrente de ideas y aquellos que no lo conocían esperaban pacientemente su turno de atención. Este no llegaba nunca, la cosa no era cíclica. Una vez perdido, la responsabilidad caía en el tercero que, en general con un grito, algunos otros con un aplauso, reclamaban el derecho a ser registrados.
En el techo el veía que lo que le iban a decir ya lo sabía. Que no necesitaba de las verdades ajenas y las mentiras ya las conocía. Veía como jugaban los otros el mismo juego que el, en silencio. El techo podía llegar a ponerse interesante o como mínimo, suficiente. Tenía bien en claro esto, pero desafortunadamente nunca consiguió la abstracción completa y aquel incesante molesto que jodía soberanamente las pelotas reclamando su atención lo arrastraba al mundo en donde no tenía que saber nada.
Era un mundo contradictorio aquel fuera del techo. Por un lado, necesitaba hablar. Era imposible pertenecer a el sin cruzar palabra. Hablar era una obligación, pero nunca fue cuestión de decir todo lo que uno pensaba, como el en principio creyó. Comprendió que hay palabras que no debe decir más: el hecho de que no se las respondan le dio a suponer (ingenuamente) que eran palabras incorrectas, o peor malas palabras. Ya no las repetiría, por miedo a quedar como un estúpido, un incauto de las ideas, por miedo a incomodar.
Además, la cuestión no estaba limitada a palabras. Era un problema más bien semántico. Tardo en entender que los secretos a voces siguen siendo secretos. Tuvo que evitar saber (o hacer saber que sabía, si hay en ello alguna diferencia más allá del sentimiento involucrado en alguno de los actos) secretos. Dejo de suponer, porque suponer resultó ser tan terrible o más que saber. Tuvo que aprender a sumergirse en el mar del desconocimiento, ahogado por la obviedad de aquello que estaba obligado a ignorar.
Y aun así, jugó un juego de felicidad, en donde todas las fichas parecían beneficiarle y le tocaban todas las cartas, pero bien sabía el que el azar no es así, que la gracia no está en eso. No pudo reconocerlo. Implicaba saber cosas que no debería saber.
Cada tanto, entonces, intenta volver a hundirse en el techo a ver cosas que nunca existirían. Porque allí no lo ataba nadie, porque allí no necesitaba hablar y porque allí, por sobre todo, las cosas realmente eran para él.
Estoy en busca de algo en que pensar.