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Trapitos Viejos I: Déjà Vu
Más tarde ese día, de haber sobrevivido, me habría puesto a pensar en lo fugaz del tiempo y lo inesperado de algunos de sus giros, pero a decir verdad, no tenía razones para filosofar por la mañana, cuando desperté listo para otro día de vida universitaria.
Tomé mi café de todos los días: dos cucharadas de crema, una chiquita de chocolate en polvo y una tapita y media de Tía María. Probablemente esa combinación tenía un nombre pero yo lo desconocía completamente. No tuvo tiempo de pensar en aquel peculiar sueño que había tenido y recién al tomar el colectivo noté en el simple andar de éste que algo había cambiado.
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Fue un instante, si se lo podía llamar así, en el que vi aquel mismo vehículo que me llevaba hasta la facultad seguir dos caminos distintos a la vez. Hubiera pensado que en una situación así el sobresalto general sería mayúsculo, pero ni yo ni nadie se inmutó. El cambio no parecía ser relevante y nos invadía a todos una sensación de naturalidad bizarra que a cualquier espectador externo le hubiese parecido absurda y turbia.
El trayecto seguía y sólo me limité a mirar por la ventana. A través del vidrio observé una ciudad cambiante: algunas casas caían derrumbadas y se construían otras sobre las ruinas de la anterior, monumentos desgastados por años que todavía no habían pasado y el pavimento tradicional era ahora una mezcla de tierra y algún material sintético desconocido.
Pasado, presente y futuro, más allá de cualquier ley física que pudiese explicarlo, conviviendo en un mismo espacio distorsionado. El tiempo superpuesto.
Por esa misma ventana presencié, entonces, mi nacimiento y toda mi primaria. Lloré, rompiendo el silencio que reinaba en el transporte público, al ver cómo me dejaba mi primera noviecita y descubrí verdades ocultas sobre mis padres que nunca hubiera imaginado. Recorrí mi vida mientras veía, en paralelo, otro colectivo idéntico que parecía no estar afectado por el maravilloso fenómeno.
Si bien al revivir en tercera persona mi vida había descubierto un centenar de cosas que no conocía, podría asumirse que gran parte fue más de eso mismo que ya daba por sabido y por lo tanto no produjo grandes cambios en mi perspectiva. No, el pasado no había sido en absoluto tan terrible. En cuanto al presente, no dejó de ser un mar de sorpresas pero habiendo ya convivido un buen número de años con él, estaba acostumbrado. Fue el futuro lo que me espantó.
Resulta ser que nunca llegué a terminar mi carrera universitaria. Mi primer crimen empezaría en una discusión con mi madre que terminó con una casa en llamas. Poco a poco iría tomándole a eso gusto y práctica. Convertiría la noche tan peligrosa que hasta los más duros criminales temían enfrentarla y la distribución de las victimas hacía pensar que no trabajaba solo, pero nunca se encontraron rastros de un compañero.
No terminaba ahí. Pronto el monstruo (que suponían humano, después de todo), habría superado los límites normales de longevidad y en este caso superado significa duplicado, triplicado y hasta cuadriplicado la edad promedio de vida. El mundo definitivamente había cambiado, se le rindió culto al temor de la forma más primitiva: el sacrificio. Todas las tardes, minutos antes de la caída del sol, un grupo de gente era sacado de su casa y abandonado en las calles que durante el día eran alegres. Ninguno sobrevivió. Niños, mujeres embarazadas y discapacitados. Aquello que alimentara lo más posible el morbo de la bestia.
Hubiera podido seguir mirando por la ventana pero preferí despegar la nariz y concentrar la vista en el banco de adelante. Muy en el fondo temía admitir que aquella muestra de poder que se me había presentado a través de la ventana había logrado cautivarme y el pánico era una buena opción si se trataba de ocultar sentimientos. Tenía que detenerme. Detenerme a mi mismo.
En un despeje repentino de la mente que distó de lo casual, observé que había llegado a la parada en la cual solía bajarme normalmente, a tres cuadras de la facultad. Caminé hacia el edificio en completa calma. Correr habría sido tonto: ¿Qué significa el apuro en una existencia sin tiempo?
Llegué cansado y me encontré con lo que era una versión engañosa de mi mismo. Engañosa, porque si bien ambos conservábamos algunos rasgos físicos en común no podría haber encontrado nada en mi aspecto actual capaz de ser relacionado con ese yo fresco y radiante, inalterado por los desniveles temporales. No me costó mucho. Lo veía allí sentado, intentando prestar atención en una nebulosa de conocimientos de aritmética que lo atosigaban.
Alimentado por un aire de brutalidad frívolo y eficaz, corrí hacia mi reflejo y tomándolo del mentón y la nuca torcí su cabeza bruscamente con un único movimiento rápido. Lo solté, el cuerpo cayó e inmediatamente me desmoroné sobre la silla donde antes había estado mi doble. En un instante entendí que no había ningún trasfondo heroico en mi crimen. Era el reflejo de esa sed de poder que había experimentado poco antes.
Todo esto llevó un instante y en otro exactamente igual recordé aquel sueño al que no le había prestado demasiada atención por la mañana. “Déjà vu” pensé, y fue lo último que cruzó mi cabeza porque cuando el sol volvía a salir, un joven radiante despertaba listo para otro día de vida universitaria.
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