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Trapitos Viejos IV: Terciopelo Azul Francia
Me ahogo a mi misma con el terciopelo azul que cubre mi cama. Hace ya tiempo que no pego un ojo. No sufro de insomnio, sino de remordimientos. Es algo que nunca pude controlar y la verdad es que nunca lo necesite demasiado. Mejor compañera, abanderada en primaria, mejor promedio universitario, la mejor en todas esas estupideces institucionales con las que nos llenamos la boca cuando tenemos que demostrar que algunas vez fuimos lo que ahora no somos. Es una de las lecciones que los padres le dan a sus hijos de forma implícita y que ellos mismo darán sus propios hijos y así sucesivamente de forma indefinida. Es también, de todas las lecciones, la más inútil. Porque el pasado, al fin y al cabo, no existe. El presente es un flujo constante de materia que se materializa y desmaterializa a la vez. Visto desde este punto de vista, nada existe en realidad ya que el resultado de la ecuación anterior da cero. El problema de esa ecuación se encuentra en que se esta dejando de lado un termino que es determinante para el resultado de ella. La conciencia. La conciencia existe por sobre todo y es lo que da forma al presente y genera la falsa idea de pasado y futuro. La conciencia, esta subestimada.
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Disculpen. A nadie le interesa en lo absoluto ese divague que parece carecer de sentido, pero no puedo no dejarme llevar. Lo que interesa es saber porque sufro de remordimientos. Yo se que se imaginan que en algún lugar de esta historia van a encontrar un cadáver, pero no. Están desaparecidos. Todos. Nunca mate a nadie, simplemente me deje llevar y desaparecieron. Yo misma en cualquier otra situación me llamaría a mi misma loca, pero yo ya pase el límite que separa la cordura de la locura, no se confundan.
Todo empieza con una mentira. Siempre fui muy buena mintiendo. No se de quien lo habré heredado, pero desde chiquita me fui entrenando en esto que tiene parte de arte y de ciencia. Carecía de nombre y pocas personas conocieron dos versiones similares de mi misma. Fría, sentimental, golpeada por los padres o de sexualidad dudosa, yo existía envuelta en una red de mentiras que se unían como el entramado de una telaraña y que resistían los tirones más fuertes de la verdad. Recordaba cada una de mis mil vidas y situaciones y conflictos. La gente recibía lo que quería escuchar. Llegué a un punto en el que me di cuenta que tan fina era la línea entre la mentira y la realidad. Si una mentira no puede ser probada como tal, ¿Qué impide que en el fondo sea una verdad? Si el receptor de esa mentira cree ni más ni menos que esta escuchando la poderosa verdad y no puede comprobar lo contrario, ¿Por qué es mentira? La realidad, al fin y al cabo, es ni más ni menos la percepción del presente que cada uno tiene. Si yo, mediante mi fuerza de voluntad, me convenzo a mi mismo de que en realidad el mundo gira al revés, podría literalmente hacer girar el mundo al revés ya que la realidad de donde sacamos el hecho fue modificada para reflejar lo que antes parecía ilógico. Imaginen ahora, una chica en sus 20, creando distintas versiones de su realidad en sus conejillos de indias y me verán a mi disfrutando de lo que yo consideraba un poder divino.
Progresé. A los 25 cambiaba vidas y familias enteras. Esta facilidad con la que trastornaba realidades había sido el único secreto que guardaba ya que significaba todo lo que yo era y sería. Y ahí, es donde me di cuenta. Lo que queremos es normalmente despedazado por lo que somos y yo, aquella persona que pretendía cambiar al mundo armada con su fuerza de voluntad, había cambiado todos los mundos menos el propio. Mi fuerza de voluntad se retaba a duelo con mi conciencia que, como todas, se aferraba al momento. Porque el pasado ya lo había perdido. Era fácilmente trastornable e irrecuperable, y el futuro dependía del presente al que se aferraba.
Empecé por cosas sencillas. Volar, por ejemplo. Quise volar y volé. Hice todas esas cosas que uno se imagina cuando piensa en volar. Conquiste el mundo y encontré vida en otros planetas. Recorrí universos y volví, aburrida. Cuando estas tan cerca de sentirte Dios, se puede entender porque este no participa en ciertas situaciones en los que tanto se lo necesita. Esta aburrido. Salvar vidas dejó de ser divertido hace varios siglos y los milagros ya están muy gastados. La gente crea sus propias versiones de los milagros por el y no lo necesitan para ellos. Entonces es cuando decidí llevar todo un paso más allá e invertir el panorama. Hasta ahora, había caminado por sobre el terreno de lo que me resultaba complejo. Esta vez, se invertiría la situación, simplificaría. El mundo perdió su tercera dimensión. Siempre me habían apasionado los dibujos animados de chiquita. Ambiciosa, no me alcanzó. Limité la paleta de colores, limité la concepción del tiempo y eliminé cualquier vestigio de lo que generaba la idea de pasado y de futuro. No se cual fue el punto de no retorno. Probablemente nunca debería haber comenzado, pero dentro de todos esos cambios, recuerdo haber eliminado el espacio. El mundo ya no existía, las distancias ya no existían. Cuando me quise acordar, entonces, estaba sola, había logrado lo que comenzó este ciclo en primer lugar. Los había hecho desaparecer, a todos y cada uno de ellos. Estaba sola, aunque no más de lo que siempre había estado. Ahí es donde empecé a darme cuenta de mi error. Por razones de seguridad había decidí quedarme con mi cuerpo y para ello, un estuche oscuro con una cama, cubierta de ese terciopelo azul que siempre me fascino, sería suficiente. La conciencia (la, ya que al fin y al cabo es la única existente) no lo necesitaba, pero aún así todavía disfruta del viejo concepto de dormir. Me tiré sobre la cama al darme cuenta que había llegado ya al límite. Y así me encontré como estoy ahora. Sufro de remordimientos que mi fuerza de voluntad no puede tapar. No encuentro la vuelta atrás, no puedo convencerme a mi misma que hay, en todo esto, una solución. No puedo hacer todas esas cosas que debería haber hecho en primer lugar.
Me encontré inmóvil entonces en mi cama, para siempre. Sin tiempo, dimensiones, creencias, contactos y percepciones, no era más que una imagen plasmada en mi propia conciencia. Encerrada por mi realidad, aquella a la que de forma necia había subestimado, sobre una cama aterciopelada azul Francia.
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