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Pensar es siempre algo fragil
[EDIT: Después de leer esto por segunda vez, creo haberme dado cuenta que la idea no es mía y se la robé, sin ninguna intención, a alguien más. Tengo la sensación de haber leído esto en alguna otra parte. A los que no les importa y quieran leerlo igual, hagan click más abajo. A los que ya lo leyeron y saben a quien puedo haber plagiado, les pido por favor que me avisen. Y por último, si el ofendido o alguna persona cercana a a ella lee esto, le pido perdón y lo mismo: que me avisen, así lo saco y le doy el mérito a quien se lo merece. Muchas gracias.]
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Las salas de espera eran una de esas cosas que el encontraba incomprensibles. Si la recepcionista entregaba turnos para una hora en particular, ¿Qué razón habría para no respetarlos? La pregunta estaba dirigida tanto hacia el paciente como hacia el médico: aquel paciente que llegaba tarde podría excusarse en su irresponsabilidad y en la asimetría de la relación. Para el médico, en cambio, era aquella asimetría la que debía garantizar la responsabilidad ineludible de su profesión. De todas formas, todo razonamiento que pudiese explicar la no existencia de las salas de espera era un razonamiento falaz, porque estas en efecto existían y eran, además, ineludibles.
Interrumpe su pensamiento la voz grave de un hombre que seguramente había estudiado mucho en algún momento de su vida pero que ahora se encontraba mencionando su apellido, a la espera de una respuesta. Levantarse y dirigirse hacía la puerta por la que el hombre se había asomado le pareció respuesta suficiente y al parecer el mensaje llegó a destino.
—Adelante, siéntese—exclamó el médico, con un dejo de sonrisa que parecía no forzar.
El no contestó, al menos, no verbalmente. Una mueca en los labios que simulaba ser una sonrisa y nada más.
— ¿Cómo está?
Silencio, nuevamente. Notó que el cuarto era pequeño, que estaba lleno de imágenes que no comprendía pero que le resultaban impresionantes y que el médico ya había tomado su posición del otro lado del escritorio. Observó su mirada, su forma de pestañear y se puso a pensar en el por qué del pestañeo, pero luego interrumpió ese pensamiento ya que le resultó estúpido teniendo un médico al lado. No valía la pena preguntarle, de todas formas, ya que no era algo realmente de su interés, sino más bien circunstancial. Sin embargo las imágenes, esas sí eran de su interés y si despertaban su curiosidad, pero estaba seguro que cualquier respuesta que el médico pudiese darle no la comprendería. ¿Sabría el médico algo de fotografía? Sobre la toma de esas fotos y no sobre el contenido en si mismo. Ahora sí, eso era algo interesante para analizar.
En algún momento de su imperturbable pensamiento contestó, automática e inconscientemente la respuesta del doctor con total normalidad. Si le hubiesen pedido que repita el encuentro con su médico hasta ese momento, hubiese podido hablar extensivamente sobre la fotografía, los pliegues poco estéticos que colgaban de la cara del médico y de todo aquello que estos significaban. Se perdió también la parte de la conversación en la que es avisado de que llegaron, de una vez, los resultados de la biopsia que se había realizado poco tiempo atrás. En ese momento había vuelto por segunda vez al tema de las salas de espera. Analizaba fríamente lo crueles que podían llegar a ser y lo ridículo de una sala de espera en un sanatorio u hospital de guardia. Lo contradictorio del asunto y lo necesario a la vez. Lo triste de esto y la frustración que le causaba no poder solucionar este y otros problemas que lo rodeaban, como el hambre y la falta de trabajo de muchos, por ejemplo. Aunque sabía bien que esta no era su responsabilidad, pero ¿Quién no quería ser héroe por un día?
—El tumor es maligno. Tiene cáncer de próstata. A estas alturas, el paso a seguir es empezar con la quimioterapia.
Luego le habló de las estadísticas de supervivencia, de los posibles resultados y todas esas cosas que no escuchó.Tenía cáncer. No lo hubiese pensado nunca. Dada la cantidad de cosas que había analizado y elucubrado en su vida, encontrar una novedosa era algo realmente sorprendente.
El médico no comprendió, pero admiró la valentía del hombre, que salió por la puerta con una sonrisa y una expresión relajada.
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