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Gas
Solía cerrar la puerta enérgicamente, pero no esta vez. Esta vez, tuvo cuidado, lo hizo lentamente. Tembló cuando la cerradura terminó con fuerza el giro que el había empezado con suma atención a los sonidos internos de esta. Estaba nervioso y por más que se repitiese a si mismo que debía tranquilizarse sabía que eso era imposible, al menos, hasta que todo termine. Porque todo esto, en el fondo, era para asegurarse de una vez por todas la tranquilidad que tanto se merecía.
Ella siempre lo esperaba en el cuarto, dormida hasta que el ruido metálico de la puerta principal la despertaba de manera completamente autómata. Así, mirada tierna mediante, hacía las labores de pareja que le correspondían y luego de la charla más breve del mundo, ambos podían cerrar los ojos hasta el día siguiente, porque ahora sentían que la soledad era compartida y las cosas cuando se comparten se diluyen.
El comprendía tan bien por qué las cosas solo funcionarían así, que no sentía necesidad de explicarse o dar razones. Era dueño de una claridad absoluta, producto de un análisis frívolo que llevo a cabo durante el transcurso de los últimos meses. No hacía falta saber el porqué. Ignorante o no de esta información, el resultado sería el mismo.
La miró sobre la cama, tranquila. Tirada hacia un costado, con los pies afuera—a modo de termostato—y la colcha enredada con la sábana, ambas hechas un nudo en su puño. No era de moverse mucho mientras dormía y por eso cada brisa que corría era un sobresalto. Se había permitido a sí mismo el beneficio de la duda y sin embargo terminó no siendo necesario en lo absoluto, aunque siempre pensó que la imagen haría una linda postal, un hermoso cuadro noir si pudiese pintarlo.
Sin más preámbulos, todo lo que tuvo que hacer ahí fue cerrar las ventanas. Cerrarlas todas, herméticas, y abrir la llave de paso del gas. Revisó todas las entradas más de una vez. No tendría que colarse una gota de aire, para que así, cuando ella escape a fumarse aquel cigarrillo que consumía todas las noches a escondidas, un tanto dormida en aquella pequeña cocina, una chispa del encendedor haga estallar el gas perdido por una hornalla seguramente malograda con el uso. Era sencillo como pocas cosas.
Aquél que piense que lo suyo era un acto completamente egoísta estaba equivocadísimo. En todo este dificultoso y engorroso progreso, el estaba sacrificando sus pertenencias más queridas. Aquellas que traían consigo sus recuerdos y todos sus gustos y comodidades. Inexistentes, ahora. Era un sacrificio duro, complicado. Cosas que el nunca hubiese considerado desechables. Pero la necesidad es la necesidad y en estos casos existe un bien mayor que cuidar, que es siempre uno mismo e incluso ella. También hacía esto por ella. El notaba que le hacía falta, pero era una persona cuerda y comprendía que no eran esas cosas que uno podía sugerir así como así.
Ella se levantó seis minutos más tarde de lo esperado, muy probablemente por la nube de gas que cubría ya el departamento y la adormecía más de lo normal. Pero esto no la detuvo, y prendió el cigarrillo que no llegó a fumar. El suspiró y se retiró de la escena, como quien ha visto suficiente de la obra.
Sus amigos cuentan que pobre, él, se sentía culpable. Repetía inocentemente que la mató con su indiferencia. Era medio seco y no se lo veía llorar en público, pero seguro estaba destrozado por la muerte de su pareja…
La recuerda con cariño y se puede decir que la extraña, de tanto en tanto. Pero luego recuerda que era necesario, y sigue durmiendo tranquilo.
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7 comments
Dicha de las dichas, creo que voy a llorar.
Volviendo al tema. No está mal, aunque tiene errores gramaticales producto de escribir semidormido (vease la hora en que se posteó el texto en cuestión) y cae en lo típico de matar a alguien como tema principal, como para hacerlo interesante. Tendré que hacer algo algún día donde no muera alguien, pero dentro de todo es agradable.
Me mató. Yo que Martín pongo todo eléctrico en la casa...