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Me llamo Manuel
Me llamo Manuel y soy un adicto. Cuando llega la noche no puedo resistirme a los brillos intensos que provienen de las distintas pantallas de mi cuarto. Aún cuando la cama me atrae y la disfruto, cerrar los ojos no es una opción, no importa el cansancio en el cuerpo, no importan las responsabilidades posteriores ni lo acarreado a largo plazo. Necesito más brillo.
Son muchos los factores que me mantienen atado. La distracción, supongo, vendría a ser el principal.
Verán: pocas cosas se llevan bien con mi corto lapso de concentración y atención. Me hace falta dinamismo y trama. Ya sea un show televisivo o múltiples textos cortos de escasa importancia, el no tener que pensar ayuda a mantenerme presente y colgado de esa realidad brillosa completamente ajena a lo que realmente ocurre a mí alrededor. Es como si mi rango de visión se achicase hasta una determinada cantidad de pulgadas a una cierta distancia y nada más, como tener un espejo y darse cuenta que se está del lado equivocado.
Cuando cierro las ventanas, de esto ya hablamos, caigo en las nimiedades de lo que me rodea y veo todo con una franqueza increíble que me ataca. Solía tener un pequeño grado de tranquilidad proveniente del hecho de que era yo el único que podía ver tan bien sin luz, pero hoy ya caí en la cuenta de que estas cosas se filtran, tarde o temprano. No soy el molde de hierro sino más bien un modelo de arcilla con fracturas. Las verdades se escapan y la gente de a poco empieza a ver mejor: aquello que yo solo veía sin luz, ellos lo notan con el sol del mediodía. Por eso necesito el brillo: porque el brillo hace que mis ojos se ajusten a el y que no pueda ver al apagar la pantalla, por lo menos por un rato. Me seda y me tranquiliza y a su vez me atrofia increíblemente.
Como con toda droga, el problema es la caída. Hay otras cosas que preocupan también. En caso de querer dejarlo, le tengo pánico al síndrome de abstinencia. No se si podría soportarlo. Desafortunadamente también es cierto que no hay clínicas ni grupos de autoayuda para esto. Es algo en lo que estoy solo.
Hace falta un halo especial, una que opaque mis ventanas habituales de luz, como si les sacase una foto con el sol de frente. Nunca podría, por ejemplo, pensar en mi vida como una novela, porque me veo desde este punto de vista demasiado como un personaje secundario menor. Haciendo referencia nuevamente a lo poco que leí de Murakami hasta ahora, lo que intento decir es que no quiero convertirme en un Tropa de Asalto: completamente anecdótico y superficial.
Por lo pronto, estoy viendo la forma de agrandar mi televisión: algo con aún más pulgadas. Que me haga subir más alto (aunque necesariamente implique una caída más fuerte), que me ahogue más en lo mundano y me borre, completamente, las ambiciones, los arrepentimientos y los miedos a no ser ese algo superior. Y cuando lo pierda todo, ambiciones, arrepentimientos, miedos, capacidades, la vista, las habilidades y los recuerdos de aquello que quería y solía ser, cuando lo pierda todo y no sepa nada de nada, ahí será cuando, en perspectiva, cualquier brillo a mi alrededor me será como aquel del sol de frente.
No se si es la mejor manera de conseguirlo, pero uno elige el camino más fácil, y lo convierte tarde o temprano en el correcto.
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Kiwi [Visitor]
(Dos palabras.)