| « Ideas en conflicto | The Mad Hatter » |
Odio no poder dormir
No podía dormir.
Encontraba esto muy raro y preocupante: no le había pasado nunca. Tenía ya algunas decenas de inviernos encima, y siempre había logrado pegar ojo cuando lo necesitó. Era una de esas personas que duermen todo el viaje en el micro y en el avión pero sin embargo esta noche no podía. Las tres y cincuenta y siete, marcaba el reloj. Hace un minuto marcaba las tres y cincuenta y seis y cinco minutos antes de eso, tres y cincuenta y uno. Lo que no entienden aquellos que miran el reloj incesantemente para ver cuando tiempo de sueño perdieron es que no importa cuantas veces miren el reloj, nunca van a estar conformes porque siguen despiertos, que es justamente lo que no quieren. Mirar el reloj solo se los recuerda, haciendo la espera contraproducente. Decide distraerse con algo más: poco sabe el de angustias nocturnas, siendo una persona que se duerme casi instantáneamente, pero no encuentra que cambió; que pasó hoy durante el día que lo diferenció de ayer.
Hoy se despertó temprano, se quedó diez minutos de más en la cama y se metió en la ducha. Miro e-mails (spam, tres o cuatro del trabajo y uno de la hermana, reclamándole que por favor pase a pagar el asilo de los viejos) y las tonterías matutinas de Internet mientras se vestía. Su mujer ya había salido a la clínica a hacerse la eco (pronto podrían determinar si era varón o mujer), por lo que se procuró un desayuno el solo mientras leía los clasificados en busca de un hogar más grande. Un departamento de un ambiente estaba bien para una pareja, no alcanzaba para una familia.
Mientras salía a trabajar llamó a la hermana, quien le contestó con un tono que no le resultó muy agradable. No había caso: no podía hacerle entender que él, con un trabajo estable tranquilo que le alcanzaba para vivir pero no para disfrutar, con una mujer embarazada y en un par de meses más una boca más que alimentar, con escasos ahorros que no aumentaban y la necesidad imperante de mudarse no estaba en condiciones de pagar la cuota de un asilo solo porque ella se había agotado de compartir la vivienda con sus señores padres. El sabía y había escuchado mil veces la repetición de esos argumentos de aquella persona que no comprende bien los vericuetos de la lógica y la tuerce a su gusto y placer. Cortó. No valía la pena seguir gastando crédito.
Llega al trabajo. Se sienta y comienza con lo suyo: informes que entregar, teléfono que atender. Se le acerca el jefe y le dice que necesitaba hablar con el un segundo. El tono es seco. No teme un despido, pero la situación lo incomoda igualmente. Los números no cierran. No quieren perderlo, porque el es una pieza muy importante de este grupo de trabajo, sin embargo se verían obligados a recortarle algunas horas. Sí, va a ganar menos, pero lo estás mirando desde el ángulo equivocado, le dicen. En relación a la cantidad de horas trabajadas, el sueldo aumentó. Le están pagando ahora un 5% más la hora que antes. Pero gana menos. Y a el no le importa que el sueldo por hora aumente, porque le pagan menos horas, y menos horas significa menos dinero y menos dinero significa que los ahorros no aumentan, que hay que acortar gastos para pagarle el asilo a los viejos, que mudarse (porque hay una boca más que alimentar y esa boca trae aparejado un cuerpo que suele ocupar un espacio) no es una opción hasta dentro de mucho tiempo, el tiempo que le ocupe encontrar un trabajo mejor en tiempos de crisis y renunciar no era una opción, carecer de obra social significaría que ahora las ecografías se harían en el hospital público y no en la clínica.
Salió del trabajo y llegó su casa: su mujer lo estaba esperando con buenas nuevas. Tendrían una nena. Pensó, mientras la mujer se entretenía enumerando posibles nombres, que tal vez no era el momento adecuado para decirle lo sucedido en el trabajo. Comió liviano y se acostó.
No volvió a mirar el reloj, porque se quedó dormido sin comprender que había tenido de especial ese día. La mañana siguiente amaneció distinto. No volvería a dormir igual. Tiempo después comprendería que ese día había sido distinto únicamente tal vez por un par de neuronas y nada más. Un par de neuronas que habían hecho sinapsis, que se habían conectado secuencialmente para darse cuenta que ese día no había sido para nada especial, ni único, ni distinto, y ahí estaba el problema.
Dormir nunca fue lo mismo para el.