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Caminos
Realmente no tengo mayores causas como para preocuparme por mi futuro y sin embargo no puedo dejar de hacerlo. No me preocupan mis posibilidades económicas, no me preocupa como voy a vivir ni a que me voy a dedicar. No me preocupa si termino o no mi carrera. Me preocupa la cobardía.
Solía tener una vida estable hasta que un día la señora Caos tocó la puerta y se sentó en la mesa a comer con nosotros. Esa noche le preparamos la cama como corresponde y se alojó en el cuarto más grande de nuestra casa. No se llevaba bien con mi madre, una persona de horarios fijos que debían ser respetados porque eran lo correcto. No había forma de predecir a que hora se levantaría, cuando desearía comer, cuando desearía pasear o cuando merodearía por la casa como si fuese la dueña. Al principio pensamos que se quedaría poco tiempo, porque vino sin valijas, pero tiempo después aprendimos que ella se viste con lo que encuentre y le quede mejor en el momento.
Ésta dama tenía una forma curiosa de hablarme. Hay que reconocer que no era muy verbal, pero se hacía entender. Me avergonzaba haciéndome preguntas que no podía de ninguna manera responder. No las había escuchado nunca. Poco a poco, perseverantemente me repetía y repetía aquellos interrogantes que ya parecían una cuestión personal más que ajena. Sus interrogantes pasaron a ser mis interrogantes. Con Caos, no hay forma de mantenerse estable, especialmente si uno tiene dudas insatisfechas. Me convirtió en una persona completamente inestable, no diría yo insegura, pero convencido de que faltaban definitivamente parte de las respuestas.
Con el tiempo, mi madre empezó a ponerse cómoda con la invitada. Tamaña sorpresa me llevé cuando me di cuenta que ahora el invitado era yo. No estaba conforme con esto y encima seguía inestable; era de esperar que me violente. Le pedí a mi madre que eche a la invitada, pero decidió irse con ella. Sin Caos ni madre, sin nadie que pueda responder aquellas preguntas, progreso lentamente camino a una nueva estabilidad, un nuevo orden de las cosas.
El problema es que en este nuevo orden caótico los resultados son impredecibles. Existe una estabilidad, pero está encerrada por las condiciones iniciales del nuevo sistema. Este nuevo sistema que lucha por estabilizarse no olvido aquellas dudas existenciales, todavía recuerda lo que es sentir la presencia de Caos en la casa.
Sigo un camino que me llevará a lo que debería haber llegado en un principio y sin embargo ese camino ahora no parece más el camino correcto. Está el otro camino también. Pareciera que todo se reduce a la común duda sobre el camino fácil y el difícil que ya tiene respuesta conocida. Yo le pongo una vuelta de tuerca: No se cual es el camino fácil y cual es el difícil pero sí se cual es el extremo de ambos caminos. La diferencia entre ellos vendría a ser que en mi dilema uno de ellos es conocido y el otro desconocido.
La mayoría se apresura y da la respuesta que parece obvia y sin embargo yo todavía lo encuentro un enigma. No entiendo que hace al camino desconocido el correcto, y al conocido el incorrecto. Podría argumentarse que conocer el camino es una ventaja y eso lo hace más fácil, sin embargo eso sería una falacia ya que no conocemos el otro camino. Me preocupa la cobardía de no saber que camino elegir.
No importa cual, tendría que elegir uno, ya sea el correcto o el incorrecto, pero no quiero. Es realmente preocupante.