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Una noche en el museo
Hace poco enganché en la tele una comedia pochoclera de Ben Stiller: Una noche en el museo. Mi primera impresión hace un tiempo al ver los cortos fue que realmente no me interesaba en lo absoluto y mantuve esa opinión hasta aquella noche en que la agarré recién empezada y decidí verla de una vez por todas. No puedo decir que es una gran película: es una película más del montón con Ben Stiller haciendo el ridículo correteando entre los efectos especiales. Aún así la disfruté y bastante.
Hoy vi la secuela de tal película y me maté de risa. Es la primera pero bastante más caótica: si quisiésemos hacer una comparación con ciudades, la primera sería Buenos Aires y la segunda sería algo así como Tokyo. Nuevamente puedo decir que la disfruté bastante.
¿Qué tienen estas películas tan típicas, si se quiere, que las hacen tan entretenidas? Yo supongo que es porque nos gusta la fantasía de las cosas con vida en el museo, de las batallas campales en donde no importa nada, compuestas por grandes héroes y tiranos mundiales. Es una fantasía bien infantil y lo que me parece que hace bien esta película es retrasarnos un poco al punto en el que nos vuelven a divertir esas infantilidades.