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Epifanía
No se bien de que charlábamos con mis compañeros y compañeras de facultad mientras caminábamos por la calle cuando se me ocurre mencionar que en algún momento he pasado tres o cuatro días encerrado en mi cuarto, o la misma cantidad de tiempo sin dormir. Alguno que otro supo comprender, otros me miraron con horror, como si estuviese loco y/o enfermo. Lo cierto es que en su momento yo me consideré un tanto peculiar.
Fue entonces cuando me puse a pensar por qué. No era lógico, no era sano y hoy por hoy no entendía cómo podía resultarme divertido. ¿Qué encontraba en la repetición incesante de lo mismo por infinitas horas sin final aparente?
Nada.
Pero horas después, solo en mi casa, me cayó la proverbial ficha: ¿Qué otra opción tenía?
¿Cuántos de ellos (y me incluyo a mi mismo ahora) hubiesen considerado factible tener que pasar encerrados 4 días porque su madre se había puesto violenta o había tomado un cuchillo?
Hace ya casi dos años que no recordaba la sensación del momento. La puerta del cuarto estaba cediendo (y lo haría del todo en muy poco tiempo), mejor mudarse al baño y encerrarse allí, para ganar tiempo. Pasar dos días acostado con la almohada en la bañera, con algunos libros rescatados, escuchando el ruido de las cosas rotas (mis cosas rotas) en la habitación y los gritos, por sobre todos los gritos.
No tenía mucha otra opción más que disfrutar el encierro y en efecto lo hacía, por razones de fuerza mayor que recién ahora me resultan comprensibles.
De todas maneras, creo que resulta más fácil seguirles la corriente.