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Marlenne
Era negro. El hombre de familia en su casa, todas las mañanas, tomaba su taza de café con leche, listo para la jornada diurna que lo esperaba. El mundo giraba y se movía rítmicamente, contando las horas para la caída del sol. En la ciudad de la furia, sin embargo, el combustible era negro y sin diluyentes de ningún tipo.
En aquel bar nocturno, escuchando un jazz trío que nunca descubriría el éxito, la vi. Blanca como la nieve, antagonista pura de todo lo que la rodeaba, fumaba Gitanes con boquilla sobre la barra. No estaba allí por la banda, de eso no cabía duda. Nunca comprendí qué hacía realmente en ese lugar, el caso es que estaba y su presencia confundía. En aquel ambiente de aire pesado, se movía ligera como una pluma envuelta en un pañuelo rojo de seda. Brillaban sus ojos, brillaban los diamantes de sus pendientes, bamboleantes, mientras se deslizaba suavemente hacia mi lado.
No podía dejar de mirarla, atraído como las moscas a la luz. En silencio, le ofrecí fuego y mientras encendía su cigarillo no nos miramos en lo absoluto.
-Marlenne -dijo, rompiendo el silencio del Jazz trío.
Tomé un trago más.
Marlenne.
Mi pasaje al sol nocturno, la luz al final del túnel.
«Marlenne», resonaba el nombre en mi cabeza.
-No encontrará aquí lo que busca -le advertí.
-Sabe usted lo que busco, ¿entonces? -la luz tenue de la barra dejó ver una sonrisa pequeña-. Podría tal vez darme una pista, que yo todavía no lo descubro.
Respiré su humo en silencio y observé a mi alrededor. En la mesa más cercana se encontraba un hombre mayor, canoso, que no podría nunca más volver a su casa. Apoyada contra una pared, una mujer desarreglada y con marcas de recuerdos duros que de no conseguir cliente en las pocas horas restantes, no daría de comer a su hijo. El talentoso negro del contrabajo dormirá bajo el escenario y comerá las sobras sucias de la noche: con lo que se ahorra tal vez, solo tal vez, le alcance para inyectarse una vez más.
-No encontrará lo que busca aquí -le repetí-, porque aquí todo está perdido.
-Te encontré a ti, ¿no es verdad?
-O te perdiste conmigo, que no es lo mismo.
Se alejó de la barra y caminó hacia la puerta. La seguí. Al salir, el frío pareció querer despegarme de aquella realidad pero ella, con tan solo una fina capa de seda cubriendo su cuerpo, no pareció sentirlo.
Se apaga su cigarrillo. La tomo por la cintura, siento el calor contradictorio de aquel cuerpo de cristal. Nos miramos fijo, exhalando vapor tibio, por un segundo.
Me besa. Siento sus labios en mis labios, el calor de su boca en mi boca y una inconsciencia que va y viene. Marlenne me besa y es algo nuevo. He conocido el beso de muchas mujeres en mi vida. Amores que no me han sabido devolver, amores que no he sabido devolver, mujeres que en el tiempo han quedado y en la soledad, la prostituta que consuela. Ella besa como todas a la vez y como ninguna. Apoya su mano tibia en mi pecho. Tal vez piensa que me desmoronaré y solo quiere atajarme. El pensamiento también cruzó mi mente.
Estaremos juntos, Marlenne. En la oscuridad de la noche, en el frío que te ignora y en la soledad de nuestra compañía, estarás conmigo. No es amor: el amor es para los días soleados y las noches con lunas. Tenemos, en cambio, faroles rotos que ya no emiten luz y algún cartel de neón titilante que invita a los invisibles transeúntes. Pero eso no importa, el vapor de tu respiración y tus ojos los explican todo y yo lo comprendo perfectamente. No hacemos ruido. En silencio, si no fuese por tu brillo incandescente ya habríamos desaparecido.
«Marlenne»
En las penumbras desaparece un ensordecedor ruido que nadie más escucha. Silencio. Gotas tibias caen lentamente a nuestros pies. Sigues mirándome a los ojos, como si nada hubiese pasado, como si tampoco nosotros lo hubiésemos escuchado. Pero yo lo escuché, Marlenne, y tú también. En el adoquín brilloso se estrella un objeto metálico pesado que no disparará más. No dejamos de mirarnos y en nuestros ojos no hay disculpas ni agradecimientos. Nuestras miradas se vaciaron, la sangre goteaba incesantemente por nuestras piernas.
Fin o Fin.