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Impulsos
Hoy es uno de esos días en los que me cuesta resistirme a los impulsos.
Caminaba, volviendo de la universidad, cuando pasé por una de esas fiambrerías típicas de Buenos Aires. No muy grandes, pero con cada rincón, cada hueco, cubierto por un queso, un jamón o alguna otra delicia del estilo. Entré sin dudarlo y le pedí trescientos gramos de su mejor jamón crudo y quinientos gramos de unas buenas aceitunas verdes con carozo. Compré, también, un muy buen aceite de oliva especiado. Ni siquiera me interesó o me importó cuánto le dolería eso a mi billetera.
Llegué a casa, puse música tranquila, una tabla de madera, un cuchillo afilado, lo comprado y pan. A media luz, con una cerveza rica de verdad, me senté a cortar el pancito, remojarlo en aceite de oliva y comerlo con el delicioso jamón que había comprado.
Un segundo de paz mental, uno de esos momentos de puro disfrute y placer.
Pasaron las horas, ya tarde, y la boca empezó a pedirme otra cosa. Esta vez era más simple: una Coca fría. No eran horas, sin embargo, salí de mi cómoda cama, me puse un pantalón sobre el pijama, zapatos sin medias y una campera y salí, rogando que el kiosco estuviese abierto. Nunca me defrauda, nunca. Volví, Coca en mano.
Tomé el primer sorbo y sentí las burbujitas dulces estremecerme todo el cuerpo. A veces seguir los impulsos más irracionales y estúpidos, paga bien.
Estuve todo el día criticando a aquellos que realizan una actividad que encuentro relativamente estúpida. A las pocas horas me di cuenta de que esa actividad, justamente, podría ser aquella que estaba buscando.
Día loco, hoy.