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Marlenne: Ella
Despedí al último cliente con el calor de una novia enamorada, tomándolo por el cuello de la camisa y acomodándole la corbata como una mujer de familia, con aquel brillo en los ojos que solo las amantes infieles poseen. Lo observé recorrer el pasillo hasta el ascensor: sabía que algunos, tal vez presa de un ligero sentimiento de culpa y abandono, miraban hacia atrás al caer en la conclusión de que tendrían que volver a casa a sus vidas habituales. La mirada de una mujer que los veía partir, como si no pudiese esperar a que vuelvan otra vez, parecía sacarles un peso de encima. Era parte de la experiencia de estar con una mujer perfecta.
Cerré la puerta suavemente y me dirigí al baño. En el camino quedaron las ligeras prendas que vestía, como si hubiesen resbalado suavemente por mis muslos hacia el suelo. Abrí la llave y sin esperar me metí debajo de la lluvia. De la cañería fría al vapor del agua hirviendo, permanecí impasible. No tardé mucho en salir: me sequé con cuidado y tomé del placard un vestido de seda rojo que nadie más podría llevar con tanta sensualidad y elegancia. Con lentitud, frente al espejo, me pinté los labios de aquel mismo rojo y en cada lóbulo un brillante pendiente: eso fue todo. Salí, cerrando por última vez la puerta de la habitación.
En aquel bar nocturno, fumando Gitanes y escuchando un jazz trío que nunca descubriría el éxito, lo vi. Él no sabía todavía, pero estaba allí por él. Nunca lo había visto pero lo reconocí enseguida. Nadie más lo hubiese notado, sumido en la marea de desdicha que habitaba el lugar. Entrado en los cincuenta, vistiendo un sobretodo marrón oscuro, una camisa abierta y una corbata floja, con dos medidas de whisky en su mano, parecía el típico perdedor nocturno, invisible y miserable frente a los ojos de aquellos que vivían bajo la luz del sol. Pero sabía, sin embargo, que era más. En esa figura de decadencia veía las ruinas de un gran hombre de ley, de un hombre que lo había tenido todo y lo perdió, un hombre que, como yo, había hecho enojar a la persona equivocada. Pero por sobre todo, éste era un hombre que había cometido el gran error de confiar en una mujer perfecta alguna vez, y ese es el tipo de errores de los cuales los hombres como éstos nunca aprenden.
Me acerqué suavemente. Compartimos el silencio por un rato hasta que, al sacar uno de mis cigarrillos, me ofreció fuego.
-Marlenne -dije, con el exhalar de la primera pitada.
No se introdujo. No importaba su nombre, el lo sabía. Aquellos minutos de silencio me habían dicho más de él de lo que su nombre podría haberme significado. Finalmente, decidió hablar:
-No encontrará aquí lo que busca –me advirtió.
No pude evitar expresar una leve sonrisa. Era mío. Con el correr de los años había aprendido a leer a los hombres en sus infinitas variedades y sabía que para todos y cada uno de ellos hay una mujer. Para el hombre trabajador, ésta se pone el delantal, los saluda por las mañanas y lo espera con la comida por las noches; un vientre que dará luz a sus hijos y que no parece tener mayores ideas que las domésticas. Para el hombre de sangre azul, una dama presentable en sociedad, de un estilo impecable y una lengua ductil, que al cerrar las puertas e irse el último invitado se convierte en una bestia lasciva y hambrienta. Pero él, él era diferente. Era el tipo de hombre que necesita una damisela en apuros para rescatarla en sus brazos. Era un caballero cansado, de armadura gastada, una sombra de tiempos mejores en busca de una princesa a quien salvar. Por ésta noche, la última noche, yo sería su princesa.
-Sabe usted lo que busco, ¿entonces? –lo miré a los ojos-. Podría tal vez darme una pista, que yo todavía no lo descubro.
Más silencio. Recorrí aquel lugar con la mirada. Ambos los sentimos: allí, en la decadencia, las luces del reflector iluminaban nuestra esquina. Observé a todos aquellos que el mundo ya daba por perdidos y noté como a su vez ellos nos observaban. Como si tuviese en mis manos la única llave para salir de aquella habitación una vez terminada la noche. Lo miraban a él, como el afortunado al que la gracia divina le había cumplido su deseo de redención.
-No encontrará lo que busca aquí -repitió-, porque aquí todo está perdido.
-Te encontré a ti, ¿no es verdad?
-O te perdiste conmigo, que no es lo mismo.
Me alejé de la barra y caminé desde la tenue luz del bar hacia el frío invierno. No me hizo falta decir nada, sabía que caminaba detrás de mí. Al verlo salir, el frío dejó ver su debilidad por un instante.
Se apaga mi cigarrillo. Me toma por la cintura con fuerza y seguridad. Nuestras miradas y nuestra respiración se cruzan y mezclan. Dejo que me sienta por un segundo.
Lo beso. He dado muchos besos en mi vida y cada uno de ellos fue único. En aquella conexión momentánea percibo una ola de sensaciones que lo inundan. La nostalgia de aquel gran amor perdido, seguido del fervor del amor recientemente encontrado. Por último, la debilidad. Solo mi mano en su pecho lo sostiene, evitando que se deshaga en polvo.
En aquel beso nos sinceramos. Por un segundo compartimos un mundo que contempla nuestra existencia juntos. En este mundo yo soy tu princesa en apuros y tú eres mi caballero de armadura. En la oscuridad de la noche comprendes que nadie más puede salvarme y que dicha salvación requiere indefectiblemente un sacrificio. No debo convencerte de hacerlo: lo sabes muy bien. Me debes ese sacrificio porque esta noche en la que cruzamos caminos por primer y última vez es la noche en la que yo te rescaté de la penumbra gris en la que vivías para darte exactamente lo que necesitabas.
En los últimos segundos de la noche estalla el rugido de un percutor metálico. Sentimos el calor de las gotas cayendo a nuestros pies, inmutables. Queremos tan solo un segundo más de ignorancia antes de aceptar lo inevitable. Cae el objeto del pecado al suelo. No dejamos de mirarnos, pero nuestras miradas ya lo han dicho todo y son solo un recuerdo de lo mucho que significaron.
Fin o Fin.