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Deep thoughts
Volvía de la facultad en piloto automático cuando de repente caí en la cuenta de que me había pasado y había ido a mi casa, cuando en realidad quería ir a lo de mi padre. No fue un error muy terrible y fueron la causa de dos epifanías interesantes.
A unas poquísimas cuadras de mi casa tengo una de las pizzerias mas clásicas de Buenos Aires. Es un local bien de barrio, situado en el corazón de Belgrano pero sin ninguna pretensión. A simple vista, parece haberse quedado unos 20 o 30 años atrás en el tiempo. La pizza es buena. Nada de las pizzas modernas que hay dando vueltas, no: Burgio solo tiene las variedades más clásicas pero los años claramente le han enseñado un par de cosas. Desde hace ya unas semanas tomé la costumbre de cada tanto pasar a la vuelta y comerme una pizza de dorapa en la barra, con una rica cocucha o un vasito clásico de delicioso Moscato. Hasta la botella de Coca es peculiar. De vidrio, en un tamaño que pensé no existía más y muy muy rica. Aposté con un amigo que el sabor no era el mismo que el de la botellita de vidrio de 250ml clásica de kiosco y lo comprobamos despejando toda duda.
En esos momentos que comparto con señores mucho mayores que yo en la barra, ni muy cómodo ni muy incomodo, encuentro que se me ocurren las mejores ideas y se me aclara la mente. Un viejo amigo con el cual hoy desafortunadamente no mantengo relación debido a un error estúpido que cometí en su momento me había dicho, muy iluminado para la corta edad que teníamos en aquel momento, que todos teníamos un lugar especial. Especial no en el sentido de querido, amado, acogedor o preferido, sino un lugar en el cual la cabeza nos revelaba sus más interesantes pensamientos y ocurrencias. En su caso, eso ocurría en la ducha. En mi caso, es la pizza de dorapa de Burgio.
Al salir de la pizzería, caminé las cuadras que me separan de la casa de mi viejo por Cabildo y tuve mi segunda epifanía mirando hacia arriba. Lo que hoy es una gran avenida ancha comercial repleta de gente, hace un par de décadas (calculo unas seis o siete como mínimo) era una ancha calle residencial con opulentas casas. Hoy, detrás de los luminosos carteles se esconden las ruinas de aquel pasado glamoroso. Es más, si tengo que jugarmela, diría que comparando con el barrio que lo rodea, Cabildo seguramente poseía una gran arboleda solo comparable con la de Melián. No podré verla nuevamente de la misma manera.